PASEO

Posted in General on 25 marzo 2020 by Mario Campanella

Dejó su nuevo y plateado auto al lado de la estación. Observó por un momento sus nuevos tenis blancos perfectos. Se acomodó los tiradores y caminó rápidamente hasta el snack. Tenía sed de refresco. Se lo veía más delgado que de costumbre. Miró el cielo terracota.

De pronto vino a mí esa tarde en el centro de la ciudad. Estaba atestado de gente que compraba y compraba sin cesar. Paseaba en su motocicleta tipo Siambretta, nueva, con un casco muy extraño y las mismas tenis impecables. Quedó estacionado delante de mi auto al cambiar el semáforo. Mi vista se nubló por un momento y todo delante se puso azul. Mi visión se entrecortaba con rayas verticales de luz intensa. Se sostenía con la punta de los pies como un extraño bailarín. Los reconocí por enormes y planos. Fuimos  compañeros de colegio. Tuve precaución porque conducía de una manera extraña, en forma ondulante, como si estuviera borracho. Por un momento temí atropellarlo. Me ubiqué a una distancia considerable. Era muy particular su casco, como recién comprado. Brillaba a contra luz al girar su cabeza permanentemente.  Del mismo salían dos pequeñas mangueras hacia su espalda que ingresaban por debajo de las mangas de la campera de jean. Daba la impresión de buscar a alguien. Me acerqué un poco antes de girar hacia la otra calle y noté que en la frente tenía una cámara. Me recordó al anciano que también con unas mangueras similares se retiraba junto a una mujer muy robusta y alta de un consultorio de ecografías. De la nariz le  colgaban dos pequeñas mangueras que iban hasta un carrito que tiraba lentamente con su mano izquierda. Tal vez ambos tenían algo en común.

Su velocidad aminoró. El tránsito se congestionó y no podía observar demasiado ya que algunas personas cruzaban la calle sin siquiera mirar. Todo el mundo estaba como loco, como fuera de control y casi lo perdí de vista por un momento. Vi su cabeza bamboleante. Me acerqué y quedamos otra vez detenidos en el semáforo en rojo, pero esta vez, a la par. Lo miré y casi lo saludo. Estaba pálido. Me miró pero no me reconoció. Tal vez el polarizado me había salvado de su filmación. No lo se. Al cambiar a verde aceleró a toda velocidad y ya no lo vi hasta este momento, en que ahora sigo su auto, sin saber por qué.

Había oscurecido. Se detuvo frente a una antigua casa, en un oscuro callejón. Conozco esa zona. No es de fiar. Lo veo entrar apurado por el portón. Las luces mortecinas del interior reflejan a una anciana muy delgada y de pelo escaso y largo en la ventana. Pareciera haber estado esperándolo. La saludó y siguió hacia un galpón al fondo. Ya no pude verlo. Decidí bajar del auto y esconderme detrás de un enorme eucaliptus. El portón de rejas había quedado abierto. Corrí hasta la puerta entreabierta del galpón, se escuchaban golpes metálicos como de garrafas. Lo veía pasar entre una gran cantidad de envases brillantes con forma de termo mediano. Decidí volver hacia el auto. Mi vista se nubló por un momento y todo delante se puso azul. Mi visión se entrecortó, poblado de rayas verticales de luz intensa. Aturdido y asustado puse las llaves en el contacto y miré alrededor. No se veía persona alguna. Todo estaba silencioso y tranquilo. Mi vista volvió a colorearse de azul. Vi soldados en el Coliseo romano, miles de personas morían asfixiadas y un extraño humo marrón los envolvía proveniente de países incendiados. Ya había dado varias vueltas al planeta.

Lo vi salir con dos brillantes tubos, uno en cada mano. Arrancó a toda velocidad y se perdió en la noche.

Todo se volvió azul nuevamente. Era de día. Estaba estacionado frente a la estación esperando a mi novia. Un auto plateado se estacionó enfrente. Un compañero de colegio bajó de él. Lo vi más gordo que de costumbre. Saludó a un anciano que cruzaba la calle con una mujer muy robusta y alta. De su nariz  colgaban dos pequeñas mangueras que iban hasta un carrito que tiraba lentamente con su mano derecha. Miró el cielo despejado y entró al snack. Ella me envolvió como un viento fresco, toda vestida de azul. Su abrazo energético fue sublime. Me dio un dulce beso sorpresivo y arrancamos hacia las montañas, a disfrutar del aire puro.

 

25/03/2020.

EL ALMA EN EL CUERPO

Posted in General on 11 febrero 2020 by Mario Campanella

 

Un viento huracanado sorpresivo y cruento creó remolinos marrones de tierra, papeles y yuyos secos.

Los bailarines saltaban del escenario. Algunas columnas de luces caían peligrosamente chisporroteando sobre el público. Los gritos del gentío aunaban niños, mujeres y viejos.

Comenzó a llover, entre relámpagos, truenos y rayos fantasmagóricos.

Sentí un frío que traspasó los huesos. Salté del terraplén sin medir distancias ni riesgos y rodé por el pasto chocando contra un poste de madera que se sacudía y zumbaba como un insecto. Los cables producían chasquidos cuál látigos furibundos. Me guarecí debajo de una mesa nueva de cemento del teatro Agnesi, construida para otra fiesta vendimial.  Tenía hipotermia. La interminable escena de la gente corriendo a los autos, otros a los micros, era de una película de terror. La tormenta arreciaba horripilante. Mientras mis muelas tiritaban llamé a un perro flaco y empapado que con sus ojos desorbitados se quedó mirándome, como reprochando algo de otra vida…

Desde allí vi a mis amigos subir a una camioneta. Me abandonaron? O nunca estuvieron conmigo? Había bebido demasiado, todo daba vueltas. Solo sentía el calor del perro, a la vez que orinarme encima me ayudaba a permanecer, a continuar, a seguir con vida… Pedí no morir en San Martín. Algo me empujó a correr hacia Palmira. El calor del perro me había levantado un poco la temperatura. Corría y hacía señas a los autos a ver si alguien me conocía y me sacaba de ese infierno. Nadie paró tan siquiera a preguntar, era una figura que se confundía entre los relámpagos y el barro.

No sé como llegue a la estación de servicio del carril Barriales. Estaba en Palmira. Como hice?, qué me ayudó?, qué me empujó? no lo sé aún. Alguien se movía debajo de un techo metálico. Me llamó por mi nombre. Tomamos unos tragos de un tetrabrick tinto, en silencio. Estaba bastante asustado por mi aspecto. Nos abrazamos y seguí corriendo pesadamente, sin medias ni zapatos por el medio del asfalto. Llegué a casa con el último aliento. Dí dos o tres golpes suaves a la puerta. Mi anciana madre abrió preguntando: Hijo! Te agarró la tormenta? Sí mamá contesté,  me agarró la tormenta…

Me fui directo al baño. No podía creer la cara que devolvía el espejo. En la ducha caliente, con ropa y todo, el alma empezó a entrar en el cuerpo. Sentí algo duro en el bolsillo del pantalón. Metí la mano con cuidado. Me encontré con la sangrante, peluda y maloliente pata de un perro negro!

Qué nos pasó?

Posted in General on 28 marzo 2019 by Mario Campanella

El hombre cumplía cuarenta y aunque había nacido a las 20 ya desde temprano le asaltaba la idea de que sería otro día solitario.

Otra vuelta al sol o al almanaque. Un año más viejo. Lo mismo de siempre. Nada cambiaría hasta que llegara la muerte.

Todo se transformó en gris rutina el día que lo abandonó para casarse con un hombre de dinero. La arrancó de su corazón y se la llevó lejos del pueblo y de sus ojos. Desde entonces todo fue ocupado por un sinsentido inconcluso.

Ahora, de regreso a su casa había comprado algunas cebollas y un buen trozo de carne para celebrar al medio día con un vinito blanco.

Los sábados no trabajaba en la escribanía. Miró para ambos lados al cruzar la calle… La figura flacuchenta de Mariela, su amor, corría a su encuentro con los brazos abiertos.

Jorge, Jorge, soy yo, gritaba, no te asustes.

Jorge miró para todos lados, a ver si alguien también la veía. La calle estaba desierta. Se quedó clavado en una baldosa que el otoño había demacrado.

Ella se colgó de su cuello para  que murmurar nerviosamente. Su cuerpo temblaba de nervios. Tenía que decirle algo muy importante.

El no podía articular palabra, sólo balbuceó: “qué cosa”?

Los grandes ojos oscuros de Mariela contenían las lágrimas.

Cuando me fui de tu lado estaba embarazada y le dije a mi marido que era de él. Jorge, tenés una hija que hoy cumple quince años y también hoy va a dar a luz un bebé que se llamará Mariano. Ella estará esperándote. Ambas huimos de él. Estoy muy apurada. Aquel hombre en el auto negro parado en la esquina está esperándome.

Metió la mano en el bolsillo de la campera de Jorge dejando un papel arrugado y húmedo y corrió de regreso. Subió al auto y desapareció entre el polvo y las hojas.

Tembloroso se quitó los anteojos para secar las lágrimas, tomar un poco de aire y tragar la tensión de su boca y balbucear: no me dejes.

En cuestión de segundos su vida había cambiado. Era papá y casi abuelo.

Las bolsas con su almuerzo quedaron en el suelo y el vino enfriándose en la heladera.

Miró su reloj. Eran las trece en punto. Desenvolvió la dirección y corrió hacia la terminal. La ciudad estaba a seis horas de viaje. Corrió y corrió hasta quedar sin aliento. El próximo saldrá en quince minutos dijo el empleado al darle el boleto.

No podía estar sentado y se paseaba tembloroso por el pasillo. Fue hasta el kiosko y trató de leer algunos titulares para tranquilizarse. “La inflación subió al 8 por ciento”. “Mató a su esposa de ciento treinta y un puñaladas”. “Paul Mcartney llega hoy a Buenos Aires”. Recordó la versión del tema “la vi parada ahí” del 2003 en la plaza roja de Moscú. El año en que conoció a Mariela. Pasaron 16 años.

El micro estaba estacionado en la plataforma. Subió y se acomodó sin equipajes. Tan liviano y pálido, como si recién hubiera nacido. Pasaron las horas, los pueblos, la gente. Cerró los ojos y aparecieron proyectos y planes. Todo cambió tan rápido. Llegaba la felicidad, una nueva vida, su hija, su nieto. Y tal vez Mariela. Quizás. Algún día.

Durmió profundamente hasta que un bache lo despertó. Había arribado a su destino.

Fue el primero en bajar, tropezando torpemente en el estribo.

Preguntó al primer transeúnte que encontró. Le dijeron que era relativamente cerca.

Corrió y corrió por la oscura acera hasta quedar sin aliento.

La cesárea se había atrasado por problemas eléctricos para las veinte horas. Ya casi llegaba a la clínica donde estaba Daniela. Miró para un solo lado al cruzar la calle… Una señora gritó con desesperación!

“Qué nos pasó”?, alcanzó a preguntarle a la noche. Eran las 20 en punto en su reloj, tirado en el asfalto. En su puño quedó apretado un papel arrugado y húmedo.

La botella estalló en el freezer.

EXPLORADORES

Posted in General on 28 marzo 2019 by Mario Campanella

Eran  tiempos de explorar. Era un gigante árbol nuestro bombardero. No sabíamos de muerte, ni de hambre, ni de torturas.

Después de tomar la leche o el yerbeado nos íbamos hasta lo de don Alvarez, siempre después de las seis de la tarde para ver la tele. El era el único que tenía un aparato en blanco y negro. Siempre nos decía lo mismo: una hora y se van, saben?

A veces era “El hombre del rifle”, a veces “Bonanza”, a veces “Combate!”. Y queríamos ser soldados. Cada uno tenía su rango. Yo era el teniente, aunque me gustaba más ser como el sargento Sonders.

Algunos teníamos revólveres de cowboy que también servían y otros llevaban rifles fabricados con ramas de los árboles.

Siempre explorábamos zonas extrañas para encontrar alemanes y exterminarlos.

Una tarde la patrulla examinaba minuciosamente un lugar en el barrio donde estacionaba un gran camión vinero con acoplado.

Todos convinimos en que el acoplado era un vehículo blindado y alguien debía entrar a descomponer su funcionamiento. Corrimos todos debajo de él. Y de verdad que era algo peligrosísimo como arma de guerra. Me ofrecí como voluntario. Subí por una pequeña escalera que estaba en su parte trasera y fui arrastrándome hasta la tapa del supuesto tanque. Tenía un gran tornillo y una mariposa que fui desenroscando con mucho esfuerzo hasta que salió de su traba y cayó sobre el metal.

El dueño, don Amachuk, vivía en la casa de la esquina. Acababa de sentarse a ver la serie de guerra y asoció el ruido con una escena en que Sonders tirotea con su ametralladora un camión cargado de alemanes.

Yo tomé aire y me zambullí dentro del oscuro tanque.  Nunca pensé que fuera tan grande. A la vez sentí un ruido sobre mi cabeza y ya no vi el cielo ni los árboles. Algo o alguien cerró la tapa del tanque. Un fuerte olor entró hasta mi cerebro y mis piernas comenzaron a temblar. Pero yo siempre hacía un ejercicio con una palangana con agua donde contenía mucho tiempo la respiración y lo hice yendo a tientas hacia un lado y otro. Pero comprendí que podía morir allí asfixiado porque todo estaba inundado con un gas extraño. Comencé a gritar y a golpear con mi revolver metálico de cebitas.

Afuera la patrulla se había desbandado. El sargento Biaggi mentor de la idea de encerrarme por diversión había reído un largo rato pero ahora casi solo no sabía que hacer. Solo, miraba con sus grandes ojos azules al hombre corpulento que se acercaba con el palo. A la mayoría los había ganado el miedo y la culpa. Algunos corrieron a sus casas al cobijo de sus padres que los interrogaron enojados, cansados de travesuras peligrosas. Otros se fueron a diversos escondites queriendo evitar reprimendas. Habían dimensionado la peligrosidad de los juegos de guerra y la culpabilidad que esto acarreaba.

Don Amachuk al escuchar ruidos y risas de niños había abandonado la serie justo en el momento en que estaban tomando rehenes y salió a la calle con un palo preguntando a otros vecinos que ocurría.

En tanto yo un poco débil y mareado me arrastraba hacia un agujero de descarga al fondo del tanque. Por allí respiré un poco de aire puro y continué gritando y golpeando con desesperación.

Tres vecinos, que desde lejos habían observado la batalla del tanque; muy asustados, ayudaron al camionero, bastante gordo por cierto, a trepar al acoplado.

Abrió la tapa de un solo golpe y gritó: Niño! Dejé de ser soldado. Me aferré al palo que antes arma, ahora hacía de escalera. Me abrazó muy fuerte un buen rato y algunas lágrimas confundidas corrieron por el campo de batalla!

En el fango.

Posted in General on 21 febrero 2019 by Mario Campanella

La tormenta de la noche había dejado todas las ciruelas en el suelo.

Desde la mañana temprano don Salverio había estado mirando las plantas y estimando los daños. Los surcos eran un manto negro de frutos y moscas que revoloteaban incansables alrededor del jugo. A paso rápido regresó a la casa. Casi al llegar resbaló cerca del puente que cruzaba el canal rodando pesadamente por el barro. Era una bola marrón que miraba con ojos desorbitados y boca colorada y jadeante. Intentaba incorporarse pero sus manotazos torpes lo hundían cada vez más. Comenzó a dar alaridos pidiendo auxilio.

Pedro! Pedro!

Pedro dormía tranquilamente a pesar del zumbido de los mosquitos y la pesadez del ambiente. Los primeros rayos de la mañana se reflejaban en el espejo del viejo ropero. A lo lejos los gritos de su padre se mezclaban con la desnudez de una joven bañándose en el canal. Se despertó mojado como si hubiera estado con ella.

Pedro! Pedro!, los gritos eran cada vez más lejanos…

Pedro era joven y fuerte. Corrió descalzo y en calzonzillos por el barro fresco y denso. El viento movía los sauces y en el corral el caballo se intranquilizó. Agitaba su cabeza quitándose el bicherío.

Papá! Que te pasó?

Ayudame! Rápido; hay mucho por hacer!

Qué hago?

Trae una soga y un balde! Dale apurate!

Lo sacó del lodazal hasta un espacio con pasto corto y luego lo bañó con agua del canal. Menos mal que hacía bastante calor para ser tan temprano.

Caminaron con cautela hasta la casa. Se vistieron sin hablar. Fueron en busca de unas viejas botas de goma que estaban en un depósito. Y de ahí a buscar la carretela cerca del corral.

Quieto era un caballo de una silueta mezcla de percheron y criollo. Su capa era azabache y las patas y el hocico eran blancas. Pedro lo había bautizado así  pensando que cambiaría esa bendita costumbre de transformarse en una estatua sin ninguna razón. Ya con la carretela a cuestas y los cajones para las ciruelas partieron hacia la plantación. Mientras tiraba de la rienda por el callejón, Salverio recordaba a la Teresa. Se había ido una noche de tormenta hace mucho tiempo.

Trabajaron toda la mañana recogiendo lo que se había salvado de podrirse. El fango se había vuelto muy pesado y las botas se pegaban cada vez más. Ya casi se llenaba la carretela, el mediodía se aproximaba y fue en ese momento al terminar de cargar que Quieto se petrificó en el lugar. Primero los gritos, luego un ramazo, después Salverio le pegó hasta por la cabeza con un palo y nada. No había forma de moverlo del lugar. Salverio, en un ataque de ira prendió fuego un trapo y se lo arrimó a las verijas. El animal se paró en dos patas y arremetió a toda velocidad por entre las plantas. Destruyó la carretela. La carga se esparció por doquier. Y Salverio y Pedro comenzaron a correr para atraparlo. Todo fue en vano Quieto desapareció de la finca y tomó por el camino a la laguna. Los hombres con desesperación e ira se fueron a cambiar botas por alpargatas y corrieron unos doscientos metros pero ya no se lo divisaba. Se miraron exhaustos y convinieron en tirarse un rato a descansar debajo de un sauce.  Las nubes pasaban por sus ojos haciendo remolinos en sus ansias de bonanza. Salverio entre mates y sopaipillas con la Teresa. Pedro entre los pechos soñados de su amada en el canal. Se quedaron dormidos en la quietud de la siesta. El murmullo del agua se hacía cada vez más intenso y un pito juan cantó hasta despertarlos. Habían pasado las horas y tenían que continuar buscando.

El camino se había llenado de yuyos altos y se hacía dificultoso continuar. Sus pasos eran cada vez más lentos y la tarde avanzaba inexorable. Comenzaron a llamarlo con desesperación pero solo el silbido del viento entre los pajonales era la respuesta. Los pájaros volvían a sus nidos haciendo vuelos razantes. El sendero se hacía cada vez más angosto, más impenetrable. Hasta que se escuchó un relincho.

Ahí está! dijo Salverio, Hay que tener cuidado Pedro.

Si, claro Papá.

Trajiste la soga?

Si acá la tengo.

Tiene que estar cerca, siento su respiración…

Y ahí estaba, solo sobresalía su cabeza. Resopló una vez más, como si su descanso se aproximara y cerró sus ojos tranquila y lentamente. Se hundió en la ciénaga todo su agobio. La quietud del fango fue su libertad!

MC 15’02’19.

MUSIC

Posted in General on 5 agosto 2018 by Mario Campanella

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EL INVASOR

Posted in General on 28 julio 2018 by Mario Campanella

bosque destruidoLa tormenta arreciaba sobre la península. En su guarida brillaban sus ojos oscuros. La noche era una boca gigantesca que se tragaba cualquier destello.
El frío había congelado algunas partes del río inmóvil. Pero aun nervioso se sabía protegido. Su negra intuición lo distinguía del resto. Sabía que había que esperar. Tenía la certeza de que algo ocurriría esa noche.
Los truenos y los rayos eran cada vez más y de gran potencia. Con un gran estruendo sobre un árbol seco comenzó a arder una gigantesca fogata. Corrió hacia allí mientras todos huían. Tomó una rama encendida y la arrastró hasta una cueva, cerca de la orilla. El frío disminuía en esa zona. También pedazos de madera y los echó encima. El fuego se intensificó. Sus ojos refulgían asombro como un niño.
Algunos curiosos se acercaban y observaban desde lejos con cautela.
Recordó a John y su gigantesco oso. Ambos querían matarlo hace unos años atrás. No pudieron. Esa emboscada certera fue su aliada. Los dos murieron esa noche aplastados por los árboles. Fueron los primeros. Y después miles. tal vez pronto sean millones…
Cinco generaciones habían pasado desde que sus tatarabuelos llegaron aquí. Veinticinco parejas de colonos llegados en barco desde Canadá. Cientos de ellos veinte años después cruzarían el canal de Beagle, invadiendo la isla Navarino. El imperio se extendía al resto del archipiélago. Atravesaron la península Dumas. Cruzaron a la isla Hoste y de allí a la isla Dawson y demás islas del canal. todo fue arrasado hasta llegar a Punta Arenas.
El dominio del agua fue letal.
Envenenaron con orina y excrementos las redes potables.
Las carreteras ya no podían transportar ayuda. Solo desesperación se respiraba en el aire. Desde lo más austral de la Patagonia hacia el norte todo olía a muerte. Se apropiaban de todos los pueblos; de todas las ciudades.
El plan se cumple inexorablemente. Los poderosos bajan sus brazos. Tan solo resta conservar este fuego para destruir a Benetton y ocupar sus lagos. El Castorisismo será la nueva religión!

Con todo mi amor para Tania Valdez, se que estás cerca…

Mario Campanella
28/6/2018

Libro Frases de Mario Campanella

Posted in General on 28 julio 2018 by Mario Campanella

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